Cuando elegí esta profesión pensé en todo lo que podía hacer por otros. En acompañar procesos, recuperar movimiento, aliviar dolor, devolver independencia. Lo que no sabía era cuánto iba a transformarme a mí.
Porque detrás de cada logro profesional también han existido retos que nadie ve. Días de cansancio, dudas, frustraciones y momentos en los que cuidar mi propia salud emocional tuvo que convertirse en una prioridad.
Pero quizá una de las lecciones más importantes ha sido reconocer mis privilegios.
Entender que no todos comenzamos desde el mismo lugar. Que estudiar, especializarse, viajar, pagar una formación o simplemente tener tiempo para seguir aprendiendo son oportunidades que no están disponibles para todos. Reconocerlo no disminuye el esfuerzo detrás de lo que hemos conseguido; nos hace más conscientes de la responsabilidad que tenemos con quienes todavía encuentran barreras en el camino.
Hoy entiendo que ser fisioterapeuta no solamente me enseñó anatomía, movimiento o rehabilitación.
Me enseñó a ser más sensible.
A escuchar antes de intervenir.
A respetar los procesos, incluidos los míos.
A entender que descansar también forma parte del camino.
Y a recordar que llegar más lejos también debería significar abrir caminos para que otros puedan llegar.
Por eso, cuando digo que la fisioterapia cambia vidas, no lo digo solamente por las personas que he tenido el privilegio de acompañar.
Lo digo porque también cambió la mía.

Sé la primera persona en compartir una reflexión.